miércoles, 14 de noviembre de 2012


Hijos de desaparecidos, entre la historia y la memoria: El caso argentino.
Nayeli Fabiola Moctezuma Moreno
8° semestre
Colegio de Estudios Latinoamericanos
Facultad de Filosofía
Ciudad Universitaria, México
2010


ABSTRACT:
Hace décadas se comenzaba a discutir sobre las causas de la violencia estatal a manos de las fuerzas armadas, focalizada hacia la disidencia política durante las dictaduras en ciertos países de América Latina, hoy ya se han logrado investigar casos específicos.
La apropiación de niños durante la dictadura militar, fue tan precisa como la desaparición forzada y las múltiples formas represión. En particular la apropiación de menores fue posible a través de un plan sistemático de secuestro y robo puesto en marcha por múltiples procedimientos ilegales. Tales apropiaciones comenzaron con el secuestro de los niños junto a sus padres y posteriormente con el secuestro y desaparición de mujeres embarazadas que dieron a luz en centros clandestinos de detención.
La apropiación de menores ocurrida durante la dictadura, ha pasado por una línea de olvido durante décadas; en la que es posible rastrear –en el proceso que va del término de cada dictadura hasta nuestros días– una tensión básica y de mediana duración entre la memoria sobre los crímenes y la institucionalización del olvido en nombre de la estabilidad “democrática”, una tensión que paulatinamente fue conocida como uno de los rasgos principales y más conflictivos del proceso democratizador.



Hijos de desaparecidos, entre la historia y la memoria: El caso de argentino.

¿estás vivo?/¿estás muerto?/¿hijo?
¿vivimoris otra vez/ otro día/como
moriviviste estos tres años
en un campo de concentración?/¿qué
hicieron de vos/ hijo/ dulce calor que alguna vez
niñaba al mundo/ padre de mi ternura/ hijo
que no acabó de vivir?/¿acabó de morir?
Juan Gelman

Esta parte de la historia se escribe por lealtad
 a un fantasma.
Juan Carlos Onetti

"La identidad para mí es algo que está en permanente construcción, no es una pastillita que un día la tomás y ya está, sabés quién sos. Lo que se recupera es la identidad biológica y, con un poquito de suerte y ayuda de la gente que te quiere y que quería a tus viejos, te acercás a ellos. Conocer la verdad acerca de los orígenes es indispensable para que la construcción de tu propia identidad sea aquella que te acerque a lo mejor de vos mismo…"  Nieta Restituida Victoria Donda Pérez

Preferí  iniciar esta intervención con las palabras de Victoria Donda Pérez[1], dada su precisión para puntualizar el eje conductor del siguiente texto: El derecho a la identidad y el vacío de la apropiación de menores durante la última dictadura Argentina. Vacío que además de situarse en el trauma inicial, que en la historia del psicoanálisis se metaforizó como “trauma del nacimiento”, que imposibilita la inequívoca codificación del lazo social, se hace presente también en el trauma como acontecimiento, en las contingencias de una vida; cuando irrumpe en las representaciones simbólicas que sostenían hasta ese momento a un sujeto, provocándole la angustia más generalizada. En estos casos el trauma individual y social, responde a la tragedia de la dictadura militar en Argentina, la desaparición,  asesinato de los padres y la expropiación de los hijos, cortando con su identidad social y su historia de origen.

La madrugada del 24 de marzo de 1976, el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, fue revocado por un golpe de estado, instaurándose una dictadura violenta por parte del General Jorge Rafael Videla.
El propósito de los golpistas era fundar una nueva legalidad, una nueva escala de valores y de normas sociales que redujera el exterminio del disidente político a la categoría de procedimiento político rutinario, como método fundamental de ejercicio del poder en un nuevo orden que sustituyera la discusión y la crítica abierta de lo político y lo social por la obediencia ciega, en una nueva pirámide de rígidas jerarquías coronadas por una elite integrada por los comandantes golpistas y sus socios civiles.
Desde 1976 y hasta la caída en  1986 el terrorismo de estado implicó una planificación precisa, del proyecto de “reorganización social”, que consistía en detener todo tipo de subversión en contra del estado.
Para llevar a cabo la detención de personas, se asignaban “grupos de tarea”[2] , de los cuales algunos se encargaban de hacer la selección de los sospechosos; después de esta selección, se asignaban operativos para conseguir la detención. La mayoría de las detenciones hechas  seguían un mismo modo de operar, se hacia la detención de noche, en el domicilio, lugar de trabajo y algunos en la misma calle. Siempre y cuando fuera el mejor lugar para conseguir el secuestro, y así trasladarlo de inmediato hacia algún centro clandestino de detención. Se confeccionaba un registro, donde se consignaba y evaluaba la información obtenida del preso.  Posteriormente comenzaban los interrogatorios que implicaban un largo periodo de torturas físicas y psicológicas,  que en algunos casos incluían continuas vejaciones y violaciones.
Finalmente después de este suplicio, que podía durar semanas, meses o años, el prisionero cesaba o era “transferido”, esto implicando,  su ejecución. Para después seguir a la desaparición del cuerpo[3].
En algunos contados casos, el detenido era “blanqueado”, esto significaba que su situación dejaba de ser clandestina e ilegal  y se oficializaba, pasando a estar en manos del Poder Ejecutivo Nacional, pero en estado de excepción[4]. Ser colocado a disposición significo, en algunas ocasiones, permanecer con vida, ya que de de esta manera se hacía explicito el registro de la detención.
Otro de los finales posibles, que se dio en un porcentaje casi insignificante, consistía en la liberación del detenido, que en ocasiones emprendía el camino del exilio. Se registraron algunos casos, en que el liberado colaboraba con las fuerzas represivas, en operaciones de inteligencia u otras actividades. Pero más allá de estas opciones, una vez detenido era casi imposible tener la oportunidad de sobrevivir.
La desaparición de personas, fue un practica masiva que alcanzo parcialmente todos los sectores de la sociedad. Durante el operativo o secuestro, se incluía la sustracción de algunos menores o apropiación de recién nacidos de las detenidas embarazadas.
Desaparición de Niños
En Argentina uno de los modos de la violencia represiva, fue la “desaparición” de niños y de bebés nacidos en cautiverio y apropiados por personas en su mayoría ligadas al poder militar.
La apropiación fue tan precisa que llevo a denunciar todo un plan sistemático de secuestro, robo y apropiación de niños puesto en marcha a través de múltiples procedimientos ilegales. Tales apropiaciones se hacían con el secuestro de los niños junto a sus padres y posteriormente con la detención y desaparición de mujeres embarazadas que dieron a luz en centros clandestinos.
La apropiación de niños, tenía como fundamento su “bienestar”, el cual según el estado sus familias nucleares no tenían la capacidad para criarlos de una forma segura. Distintos individuos investidos por la autoridad  fueron facultados para representar y decidir sobre el destino de los niños y  jóvenes, que se encontraran en una “situación de abandono o peligro moral y/o material”.
Una vez que estos individuos asumían la tutela, estaban facultados para separar a los niños de sus familias[5], recluirlos en algún instituto para lograr su reintegración social, para finalmente darlos en adopción a familias con “buenas intenciones” que se encargaran de su crianza y educación, y de esta forma, sancionar a estos padres que por diversos motivos[6] habían “abandonado” a sus niños[7].
El “abandono”, se utilizo como una categoría para justificar la sustracción de niños.  Los casos denunciados y documentados son 450. Según datos de Abuelas de Plaza de Mayo son 101 los ubicados: restituidos 69, muertos 9, en trámite judicial 8 y en convivencia con la familia de crianza 14, se presupone que el número de niños apropiados es alrededor de 500, ya que muchos casos no se denunciaron.

La maternidad clandestina fue uno de los procesos más crueles durante la dictadura, consistía en proporcionarle a la prisionera un parto con “asistencia medica” haciéndole creer que el bebé se entregaría a su familia. Existen testimonios de varias enfermeras que trabajaron en la maternidad clandestina del Hospital Militar de Campo de Mayo, donde argumentan que la maternidad funcionaba en las salas de epidemiología donde internaban a las prisioneras a punto de dar a luz. La mayoría de ellas permanecía con los ojos vendados y, en algunos casos, con las manos atadas.
Todas las enfermeras que dieron testimonio se cuidaron bien de aclarar que no podrían identificar a las mujeres y que nunca hablaron con ellas. Posiblemente, temían también por sus vidas porque existen casos de desaparición de personal de guarniciones militares que en algún momento prestaron ayuda a los prisioneros. Las enfermeras relatan también que la mayoría de las veces las madres no veían al bebé y que se les aplicaban inyecciones para cortar la leche materna.
Rosalinda Salguero, una enfermera ya jubilada, declaró a la revista "Tres Puntos" que se publica en Buenos Aires, que en una oportunidad una de las madres pudo tener a su bebé en los brazos por breves instantes. La escuchó decir "Pensar, hijo mío, que no te voy a ver nunca más". Cuando regresó a su lugar de trabajo al día siguiente, la joven ya no estaba.

Pilar Calveiro señala  en el libro Poder y Desaparición[8]  casos sobre maternidad clandestina:
 “A partir de cierto momento estas prisioneras pasaban a ocupar un cuarto con camas, una mesa con sillas, ropa, y podían permanecer allí con los ojos descubiertos y hablar. Días antes del alumbramiento, los marinos le hacían llegar a la madre un ajuar completo, a veces muy hermoso, para su bebé. El parto se atendía con un medico y respetando ciertos requerimientos de asepsia, anestesia y cuidados generales. La madre le ponía nombre a su hijo y daban indicaciones para que lo entregaran a la familia. Este trato dificultaba la comprensión del destino final de madre e hijo. Las atenciones hacían presuponer que ambos vivirían o que, cuando menos, el bebé seria respetado. La realidad era muy otra: la madre solía ser ejecutada pocos días después del alumbramiento y el bebé se enviaba a un orfanato, se daba en adopción o, eventualmente, se entregaba a la familia. Quedaba así limpia la conciencia de los desaparecedores: mataban a quien debían matar; preservaban la otra vida, le evitaban un hogar subversivo y se desentendían de su responsabilidad.”[9]

La restitución
Hablar de restitución de la Identidad Biológica, es hablar de la recuperación de la historia  familiar e individual. El derecho a la identidad está ligada necesariamente a la memoria, a la verdad y a la libertad, se  relaciona finalmente a otra noción básica, que es la de justicia. No solamente en tanto la necesidad de tener nuestra propia identidad, sino en cuanto a la justicia como instrumento para el restablecimiento del orden violado: La sanción de los culpables y la reparación a las víctimas.

Toda la explicación anterior, me hace cuestionar lo siguiente: ¿Qué pasa con los niños apropiados que no han sido restituidos a sus familias? ¿Por qué hemos dejado a un lado el tema de la restitución de menores, cuando fue una tortura que nos afecto a todos? ¿Debemos recuperar la memoria de estas apropiaciones?
El 13 de diciembre de 1983, después de la caída de la dictadura y el régimen represivo de Jorge Rafael Videla, comenzó el primer día hábil de la democracia. Un grupo de mujeres mayores acompañadas de dos abogados, acudieron al edificio de Tribunales para pedir la restitución a su familia de una niña desaparecida y localizada. A partir de este primer gran paso, se abrió una batalla judicial que continua hasta el día de hoy.
Para 1983 la desaparición de personas y la sustracción de niños, era un tema nuevo para la justicia argentina. No figuraba en la jurisprudencia condena alguna por la infracción del artículo 146 del Código Penal que establece la pena de reclusión o prisión de tres a diez años “a quien sustrajere a un menor de 10 años al poder de sus padres, tutor o persona encargada de él, y el que lo retuviere u ocultare[10].
La restitución de niños secuestrados debe ser situada en el terreno de las garantías y derechos universales de la infancia: el derecho a la vida digna, a no ser despojados de su origen familiar, a conocer la verdad su propia historia, a crecer junto a los suyos. En este sentido, se ha hecho un aporte importante a la comunidad internacional al lograr que se incorporara el «derecho a la propia identidad» en la Declaración Internacional de los Derechos del Niño (ONU).

Es necesario destacar que la restitución de niños apropiados trasciende, como respuesta, el marco de la justicia individual, reparatoria del vejamen sufrido por estos niños y sus familias. La restitución es una impostergable respuesta colectiva para reconstruir el tejido social deshecho durante la dictadura, con las múltiples fragmentaciones de la sociedad: los desaparecidos, los exiliados, los asesinados y los represores.
Entre la historia y la memoria

Hablar de Historia y Memoria es encontrar que son dos campos de relación con el pasado necesarios para conocimiento y rememoración de los crímenes de lesa humanidad. La apropiación de niños es igual de importante que los desaparecidos o los exiliados. Estos niños que crecieron fuera de su historia y política merecen saber su verdadera identidad. Este derecho que emana de una necesidad básica del hombre, que es aquella de tener un nombre, una historia y una lengua. La lengua es esa voz de la familia que al transmitirse nos humaniza como sujetos y nos da un lugar en un linaje.

Estos niños fueron inscritos con un falso nombre que oculta el verdadero, y que aunque el aparato jurídico haya estado al servicio de la dictadora para imponer una falsa identidad que intentó arrasar con la historia, ello –ciertamente– no ha logrado garantizar el olvido.
La recuperación de la memoria de estos sucesos, es necesaria para como dice Walter Benjamin en Las tesis sobre la historia[11] hacer justicia recordando a los muertos.  De la misma forma Todorov en el libro Memorias del mal, tentaciones del bien hace referencia a este recordar a los muertos:
 “Los muertos demandan a los vivos: recordadlo todo y contadlo; no solamente para combatir los campos sino también para que nuestra vida, al dejar de sí una huella, conserve su sentido”[12].

 Darle voz a los muertos, recordarlos y recordar los sucesos violentos; es  en todas las dimensiones impedir el intento por borrar la memoria. Partiendo de este precepto, recuperar la memoria de los hijos de los desaparecidos es devolverles lo que durante años les fue arrebatado, su identidad histórica no solo familiar, sino la historia de un proceso violento que atravesó un país.

Pero ¿Cómo mantener viva esa memoria? Esta pregunta que se ha formulado una y otra vez, desde distintos lugares, pregunta que es quizá más positiva que tratar de encontrar respuestas agradables. La discusión, el debate, podría ser una de las formas. Las acciones reunidas de diversos sectores, las múltiples iniciativas que puedan desplegarse desde la escuela, la universidad, los organismos, las organizaciones sociales. Cada una de estas puede ser la primera puerta para mantenerla viva.

Reconstruir la memoria, es una manera de responsabilizarnos del porvenir; recordamos porque el ejercicio de la memoria respecto del trauma histórico vivido es necesario para que un futuro, otro, sea posible. Es necesario porque lo peor siempre es posible[13] y porque, como nombra Edagar Morin en su Breve historia de la barbarie en Occidente[14], pensar la barbarie ya es una manera de resistirse a ella.

Julio Cortázar cerro un Coloquio en 1981 en París titulado Negación del olvido, quisiera retomar, para concluir, algunas de sus palabras que hacen referencia a las memoria de las desapariciones en Argentina y otros países de Latinoamérica:
Hay que mantener en un obstinado presente, con toda su sangre y su ignominia, algo que ya se está queriendo hacer entrar en el cómodo país del olvido; hay que seguir considerando como vivos a los que acaso ya no lo están pero que tenemos la obligación de reclamar, uno por uno, hasta que la respuesta muestre finalmente la verdad que hoy se pretende escamotear.”[15]








Bibliografía:

Balderston, Daniel y Guy, Donna. Sexo y sexualidad en América Latina, Paidós, Buenos Aires., 1998.
Bolívar, Echeverría. (comp.) La mirada del ángel: en torno a las Tesis sobre la Historia de Walter Benjamin, UNAM / Era., México, 2005. 
Calveiro, Pilar. Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina, Colihue, Buenos Aires., 1999.
Crespo, Horacio. Argentina 1976. Estudios en torno al golpe de Estado, FCE, Buenos Aires., 1999.
Dutrenit, Silvia.  Diversidad partidaria y dictaduras  Argentina, Brasil y Uruguay,  Instituto de Investigaciones Dr. Jose Maria Luis Mora, México., 1996.
Freud, Sigmund. “El malestar en la cultura” en O. C. Ed. Biblioteca Nueva.
Madrid., 1973.
Herrera, Matilde y Tenembaum, Ernesto. Identidad, despojo y restitución. Ed. Abuelas de Plaza de Mayo. Buenos Aires., 2001

Mignone, Emilio y Conte, Mac Donnell, A. Estrategia represiva de la dictadura militar.
La doctrina del paralelismo global. Ed. Colihue. Bs. As., 2006.

Morin, Edgar. Breve historia de la barbarie en Occidente. Ed. Paidós. Bs. As.,
2006.
Todorov, Tzvetan. Memorias del Mal, Tentaciones del Bien. Península., Barcelona, 2002.


[1] Victoria nació en la ESMA, durante el cautiverio de su madre -María Hilda Pérez- y fue apropiada por su tío -Adolfo Donda, represor de la ESMA- quien la entregó a otro militar. El papá de Victoria, José María Laureano Donda, había sido secuestrado meses antes. Victoria tenía dudas y se acercó a HIJOS y Abuelas para investigar sobre su origen. Después de varios meses, se decidió a realizar el examen inmunogenético y confirmó que pertenecía al grupo familiar Donda-Pérez en un porcentaje de 99,9 por ciento. Es decir, es hija de María Hilda Pérez y de José María Laureano Donda.
[2] Estaban constituidos generalmente por oficiales y suboficiales, policías y también civiles.
[3] Estas desapariciones de cuerpos, les correspondían a los más altos rangos de entre los oficiales que se encontraban al frente de esta operación represiva.
[4] El concepto de estado de excep­ción se basa en el su­puesto de que, en algunas situaciones de emer­gencia política, militar o económica, el régi­men de limi­tación y equilibrio de poderes, propio de las reglas de juego constitu­cionales, tenga que dejar vía libre a un poder ejecutivo más fuerte, e incluso al ejército. Durante el cual se suspende el libre ejercicio de algunos derechos por parte de los ciudadanos. El control del orden interno pasa a ser controlado por las Fuerzas Armadas.

[5] Cuando estas familias ya habían sido clasificadas como nocivas e inmorales.
[6] Casi nunca atendibles por las autoridades administrativas o judiciales.
[7] Para un análisis de casos de reclamo de menores por sus madres, ver Guy, D., “Madres vivas y muertas, los múltiples conceptos de la maternidad en Buenos Aires” en Balderston, D., y Guy, D., (comp.). Sexo y sexualidad en América Latina, Paidós, Buenos Aires, 1998.
[8] Pilar Calveiro. Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina. Colihue, Buenos Aires, 1999.
[9] Op. cit., pág. 82.
[10]  146 del Código Penal de acuerdo con lo previsto por la ley 24.410
[11]Echeverría, Bolívar. (comp.) La mirada del ángel: en torno a las Tesis sobre la Historia de Walter Benjamin, UNAM / Era., México, 2005. 
[12] Tzvetan, Todorov. Memorias del Mal, Tentaciones del Bien,  Península., Barcelona, 2002. Pág.103.
[13] Sigmund, Freud. “El malestar en la cultura” en O. C. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid, 1973. Pág. 109.
[14] Edgar, Morin. Breve historia de la barbarie en Occidente. Ed. Paidós. Bs. As., 2006.
[15]Emilio, Mignone  y Mac Donnell , Conte.  Estrategia represiva de la dictadura militar. La doctrina del paralelismo global. Ed. Colihue. Bs. As., 2006. Pág.88.

lunes, 5 de noviembre de 2012


UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
Colegio de Estudios Latinoamericanos
Zwuany Castro Vaca
Desenvolver: “Tito Yupanqui, escultor indio”,
un ensayo de Guillermo Francovich
5, marzo, 2010


Introducción
El objetivo de éste breve trabajo, es la argumentación de cuáles son las características literarias del texto de Guillermo Francovich, dictado como conferencia en La Paz, en 1945, intitulado “Tito Yupanqui, escultor indio”, que lo hacen pertenecer al género ensayo,  en la primera parte del trabajo, situaré al lector en un contexto boliviano, trazaré a grandes rasgos, la dinámica histórica y las líneas de discusión del pensamiento boliviano de la primera mitad del siglo XX, puesto que el ensayo, ciertamente, entra en diálogo con esta literatura,  en segundo lugar, analizaré el ensayo mencionado, utilizando como marco de referencia, por un lado, la especificidad del género ensayo para Hispanoamérica, y por otro lado, algunos rasgos del pensamiento de Guillermo Francovich, que nos acerquen a una comprensión, más profunda del ensayo. 

I
Pensamiento boliviano de la primera mitad del siglo XX
Durante la primera mitad del siglo XX Bolivia asiste a una serie de catástrofes económicas y políticas. En primer lugar, los efectos de la crisis del capitalismo mundial de 1929, que golpearon fuertemente el precio mundial y el volumen de la exportación del estaño, mineral del que dependía la economía nacional, y que aseguró la prosperidad de centros urbanos, y el crecimiento de industrias ligeras de materias primas semielaboradas en La Paz, Oruro y Cochabamba. La economía del estaño, era administrada por una elite minera, o “Rosca minera”, como la calificaría  la opinión pública, de la que sobresale Simón Iturri Patiño, un cholo que estableció un complejo minero en “La Salvadora”, una mina de estaño, situada en el cantón de Uncía, como señala Klein Herbert, “debido a la repugnancia de Patiño y otros nuevos magnates del estaño, de verse involucrados en la política nacional boliviana, ésta fue dirigida por una creciente elite de profesionales urbanos de alta clase media, y de hacendados provincianos.”[1]
     Posteriormente, conforme caían los mercados internacionales, después de 1929, el excedente de la producción del estaño, respecto a la demanda de consumo mundial, y su ulterior  almacenamiento, obligaron a Patiño, como a los otros productores internacionales, a ceder sus poderes a los gobiernos nacionales, este movimiento, puso al gobierno boliviano en el control de su principal industria, pero también, ligó abiertamente a los barones del estaño con los asuntos nacionales. El empobrecimiento general de la década de 1930, es decir, los rasgos semicoloniales de la sociedad boliviana, cuya agricultura, por el sometimiento a los campesinos, poseía rasgos semifeudales, en la que las ciudades conservaban actividades semiartesanales, y quebraron la mayoría de las industrias incipientes, además la propiedad rural y urbana sufrió una desvalorización, se sumaron a la derrota militar de la Guerra del Chaco en 1932, en la que Bolivia pierde el territorio del Chaco Boreal, a manos de Paraguay. A grandes rasgos, según Luis Antezana, la disputa  bélica entre Bolivia y Paraguay por el Chaco Boreal, fue resultado de un conflicto básico sobre terrenos petrolíferos, entre la Standard Oil Company of New Jersey, con el apoyo de concesionarios bolivianos, y la Royal Dutch Shell, con base en Paraguay, por lo demás, el belicismo del presidente Salamanca, se apoyó de las tensiones provocadas por la depresión mundial, y orientó el descontento general contra el Paraguay.[2]
     El panorama socioeconómico que esbocé, converge con otros dos hechos históricos que marcaron el pensamiento latinoamericano, en primera instancia, el influjo continental  de las ideas antiimperialistas de la década de 1920, y la sucesiva formación de las tres organizaciones más importantes de ésta corriente: La Liga Antiimperialista de las Américas, (México, 1925) La Unión Latinoamericana (Buenos Aires, 1925)  y la Alianza Popular Revolucionaria, cuyas primeras células las formaría Haya de la Torre en Europa. A grandes rasgos, la corriente antiimperialista se afirmó dentro de la cultura oligárquica, en la que las retóricas positivistas y cosmopolitas de las oligarquías criollas, sobre los “progresos” en los órdenes nacionales e internacionales, parecían llegar a su fin, así que nuevas ideas e imágenes anticolonialistas, “de la barbarie y el salvajismo, con las que la modernidad colonial y oligárquica devaluaba a los pueblos no occidentales”, [3] se fueron configurando, entre jóvenes radicales de vocación americanista de la generación de Julio Antonio Mella y José Carlos  Mariátegui, entre otros. En segundo lugar,  los ecos del movimiento de la Reforma Universitaria, que inició en la ciudad de Córdoba en 1918, pero que llegaría a Cochabamba hasta 1928, donde sufrió una cruenta represión, sobre éste movimiento se formó la Federación Universitaria Boliviana, que protagonizó políticamente en el contexto de la posguerra del Chaco, que es el propio de la formación de organizaciones campesinas y obreras, imbuidas de cierto nacionalismo popular revolucionario.   
     Las condiciones en las que concluyó el conflicto de la Guerra del Chaco, estimularon el deseo de las fuerzas opositoras para acabar con “La vieja Bolivia”, sus instituciones y partidos políticos tradicionales, Ferran Gallego, observa en este periodo una “marea socializante”, refiriéndose a la formación de nuevos partidos políticos, que reivindicaran la idea del socialismo, entre éstos está el Partido Obrero Revolucionario, fundado en 1934, por Aguirre Gainsborg y Tristán Marof, también el Partido de la Izquierda Revolucionaria, fundado en 1940, por José Antonio Arze, por otro lado, la Falange Socialista Boliviana. Junto a estos partidos propiamente dichos, la postguerra asistiría al nacimiento de organizaciones de carácter sindical, algunas, corporativo otras, que tendrían notables índices de afiliación y una gran capacidad de presión política sobre el ejecutivo. “Fruto directo de la guerra fue, por ejemplo, la Legión de Ex-Combatientes, a la que se sumarían grupos específicos, como la Asociación de Ex-Prisioneros y la Asociación Mutilados e Inválidos de Guerra.”[4] Asimismo surge la unificación de los sindicatos en la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia, en noviembre de 1936, que dos años más tarde se afiliaría a la Confederación de Trabajadores de América Latina y, posteriormente  la consolidación de la Federación Universitaria Boliviana, cuya IV Convención, celebrada en 1938, la convertiría en una de las principales plataformas de la izquierda marxista.
     Según Silvia Rivera Cusicanqui, la guerra alimentó la conciencia social y pro-indigenista de los sectores criollos urbanos, debido al contacto entre combatientes  indios y reclutas  mestizo-criollos, de la misma forma, el movimiento de caciques de las zonas comunitarias del Altiplano y de los Valles, y el movimiento sindical de los colonos cochabambinos ampliaban su convocatoria, ganando solidaridad ante sus postulados. Sin embargo, las percepciones colectivas del indio sobre la nación que le reclamaba su sangre fueron un tanto ambiguas:
Por un lado, se sabe que muchos indios “revoltosos” fueron reclutados coactivamente en una verdadera cacería organizada por los terratenientes y el ejército, a la manera de las levas que realizaban los ejércitos  caudillistas durante el siglo XIX. Pero, por otro lado, la convocatoria a la ciudadanía incluía por primera vez al indio explícitamente. Los indios que volvieron  de la guerra tuvieron luego argumentos más legítimos ante sus ex camaradas criollos para hacer valer sus derechos como ciudadanos, en especial su derecho como propietarios -comunales o privados- de la tierra.[5]

     En consecuencia, los elementos de ruptura, tanto política y como social que presenté en esta breve síntesis histórica, se recuperan en la literatura boliviana de la primera mitad del siglo XX, a través de sus principales figuras que fueron, según Carlos Piñeiro: el Estado nacional, y las opciones de construirlo, a partir de lugares comunes para los ciudadanos, por otro lado,  los pueblos indígenas, su valor histórico, cultural y político para Bolivia, pero también, la exaltación del paisaje  andino. En particular, la figura  del Estado nacional en Bolivia, a partir de la derrota de la Guerra del Chaco, es tratada alrededor de una nueva lectura del orden institucional; en medio de una sociedad semicolonial, como ya vimos, se evidencia la debilidad del Estado, cuya obligación primordial era preservar el territorio, posteriormente, la historiografía planeó la tesis de que el Estado-nacional en Bolivia, correspondía al mercado interno generado en torno al área capitalista minera.
     El pensamiento boliviano en las primeras décadas del siglo XX, según Piñeiro, se impulsa de una nueva actitud hacia el pasado y el presente nacionales que son puestos en cuestión, y que originaron una gama de conceptos. Entra en escena la llamada “Generación del Chaco”, también heredera de un resquebrajamiento en dos aparatos culturales, por un lado, surge una prensa no sólo independiente sino comprometida con una visión de los problemas culturales, y que apelaba a las mayorías nacionales;  por otro lado, en la universidad surgen facciones de intelectuales dispuestas a romper con la funcionalidad del conocimiento. Las líneas del debate intelectual de las primeras décadas del siglo XX en Bolivia, son las de la identidad nacional, vale decir que el pensamiento de estos años, se construye sobre las críticas al Estado nacional que había fallado en la Guerra del Chaco.
     En primer lugar aparece la crítica a la incapacidad de lograr la integración nacional por medio de la educación. Este debate lo protagonizan, bajo una tendencia positivista: Daniel Sánchez Bustamante, y por otro lado, Franz Tamayo con su pedagogía indígena, que plantea no la escolarización de la población indígena, sino la permisibilidad de que reconstruyan su propio estilo de vida. La segunda línea de crítica y debate, es en relación a la incapacidad del Estado nacional de construir un mercado interno, aquí destaca el antiimperialista Tristán Marof, uno de los críticos más agudos, de la política y la economía bolivianas, en varios artículos y ensayos, hablará tempranamente, de la necesidad de nacionalizar las minas, para administrar la exportación de los minerales. En tercer lugar, asoma el valor cultural de los pueblos indígenas, que se expresó en la preocupación de intelectuales progresistas, que intentaron redescubrir al indio, ya que en Bolivia no triunfó el mito del mestizaje, al contrario, existe una terrible discriminación por el sujeto mestizo: el cholo, al que se le atribuyen defectos psico-sociales como resultado de la mezcla de “razas”; como sabemos, la afirmación racial en Bolivia es un discurso que se justifica fuertemente, y que encuentra impulso en intereses económicos elitistas, hasta el día de hoy. Sin embargo, bastante antes que la antropología cultural se estableciera como disciplina, los pensadores bolivianos comenzaron la exaltación romántica de la cultura autóctona, por ejemplo, en la ambientación indígena de algunas novelas de costumbres, aunque muchas veces los personajes cargaran problemáticas ajenas a lo indio. “El ensayo indigenista boliviano es de una gran riqueza, en la cual pueden distinguirse una tendencia irracionalista muy fuerte –que está en la base de la original mística de la tierra- y otra más convencional, que procura incorporar la problemática indígena a estrategias modernizadoras”.[6] La producción del indigenismo literario es amplia, lo abordaron: Antonio Díaz Villamil, Alfredo Guillé Pinto, Saturnino Rodrigo y Luis Toro, en general, podemos hablar de un tránsito de la poesía indígena y paisajista, hacia la novela social, de Néstor Taboada Terán o de Alcides Arguedas. En cuarto lugar, está el tema del mestizaje, a grandes rasgos, según Piñeiro, en Bolivia se constata una aceptación al sujeto mestizo idealizado, paralela a un rechazo hacia el sujeto mestizo concreto: el cholo, los autores significativos de este esfuerzo, de sustentar una historia común con caminos a la integración son: los pioneros José de Mesa y Teresa Gisbert, quienes sistematizaron las pruebas de un arte sincrético, también está Roberto Prudencio, fundador y director de la revista Kollasuyo, Humberto Palza, Guillermo Francovich y Augusto Céspedes. Finalmente, en estos años, surge una tendencia a historiar la República, en este punto están los trabajos de Isaac Tamayo, sobre Melgarejo, y los de Ismael Vásquez,  sobre Murillo, asimismo la obra de Carlos Montenegro, quien revisó la propia construcción de la nación. Hasta ahora tenemos una imagen, del contexto y las líneas de discusión, coetáneas al ensayo de Guillermo Francovich que analizaré a continuación.

II

“Tito Yupanqui, escultor indio” un ensayo de Guillermo Francovich

En principio, como señala Alberto Paredes, América ha inspirado un género literario que le es prácticamente contemporáneo: el ensayo.[7] A partir de 1900, según Medardo Vitier,  se inicia el cultivo sistemático del ensayo en Hispanoamérica; el crítico cubano considera que el ensayo examina la hispanidad, (en su tradición colonial) y van gradualmente penetrando en otros problemas. Desde su “descubrimiento”, su largo período colonial y su obstaculizado proceso independiente: “América es un Ensayo”, retomando el titulo de un trabajo de Germán Arciniegas. Así pues, según la marcha histórica y el pensar, a saltos y urgencias, el ensayo se ha tomado, como la forma idónea para plasmar la peculiaridad del desarrollo del trabajo crítico hispanoamericano; al decir de Medardo Vitier, el ensayo representa en los autores de más relieve, la conciencia de sus respectivos países, al ser una expresión de madurez en las culturas.[8] 
   Como es sabido, los pensadores y ensayistas de Hispanoamérica,  han compartido su quehacer intelectual, profesional y literario, con el periodismo cultural y político, con cargos públicos,  con actividades revolucionarias, en bastantes casos, y con la docencia; Guillermo Francovich, en particular, además de ser un gran conocedor e historiador de la filosofía, fue un diplomático que representó a  Bolivia durante algunos años: en 1930 estuvo en  Lima, al año siguiente fue enviado como secretario ante la Liga de las Naciones, en 1933 participó igualmente como secretario de la Embajada de Bolivia en la Séptima Conferencia Panamericana de Montevideo, y desde 1934 a 1940, desempeñó cargos en la Embajada de Bolivia en Río de Janeiro.[9]
     La aspiración general de los ensayos hispanoamericanos, es producir un impacto en la sociedad. En ese sentido,  según  José de Onís, “el ensayo hispanoamericano es una literatura funcional: está definido más por el contenido que por la forma, y ese contenido está comprometido con la interpretación de numerosas realidades de Hispanoamérica”,[10] dentro de esta tendencia, podemos ubicar, “Tito Yupanqui, escultor indio”, un ensayo de Guillermo Francovich, el contenido del mismo, teniendo en cuenta el pensamiento filosófico de Francovich, puede ser calificado como un humanismo cultural. Introduzcámonos pues al análisis del ensayo.
      En primer lugar, el ensayo comienza con la recapitulación de una crónica de un fraile chuquisaqueño del siglo XVII, Fray Antonio de la Calancha, en la que se relata, la historia del indio Tito Yupanqui, creador de la virgen de Copacabana, en la cual se plantea, que la escultura de Tito Yupanqui, fue resultado de un milagro divino, a partir de que el indígena pidió la ayuda de Dios. Con un  tono sumamente didáctico, Guillermo Francovich introduce su opinión sobre el hecho que se describe en la crónica: “No fue un artista de los de máxima talla, sin duda. Pero tuvo un ideal y realizó obras bellas. Su escultura aportó expresiones y modalidades indígenas, un frisson nouveau como diría un crítico francés, dentro del arte hispánico que se cultivaba en la Colonia.”[11] A partir de esta introducción, Francovich anuncia, los temas que se trataran en cuatro breves apartados: 1) La aparición del artista en Copacabana que entonces parecía no ofrecer ningún estímulo para el arte, 2) la lucha de Tito Yupanqui para vencer su propia dificultad de expresión artística,  3) el milagro que, según Calancha, convirtió el trabajo informe en magnífica obra de arte, y en último lugar 4) la relación entre la vocación artística del indio y su fervor religioso.
     El impulso que predomina en el ensayo, es el de persuadir al lector, con un tono muy cordial, y muy didáctico de la opinión de Francovich, sobre una problemática contemporánea: el valor de los pueblos indígenas en la cultura nacional, en ese sentido, la crónica del siglo XVII es un recurso que brinda la condición abstracta del ensayo, utilizada de forma superficial y sin alguna metodología. Sobre este punto, conviene aclarar que para Francovich, “la cultura es un conjunto de elementos por los cuales un país manifiesta la conciencia de sí mismo y la razón de su ser. Es un patrimonio espiritual. Da sentido a la existencia, define los valores y las ideas de los pueblos.”[12]
     En el primer apartado Francovich establece un puente entre la crónica del siglo XVII y los debates contemporáneos entorno al significado que tiene el arte en las sociedades. Según Fray Antonio de la Calancha, fue la voluntad de Dios, que quería poner un santuario católico en lugar del Templo del Sol en Copacabana, la que permitió tan grande escultura, en contraste, Francovich opina, que toda vocación artística es algo prodigioso, por eso Tito Yupanqui fue tan genial como los artistas del Renacimiento italiano: “El arte, por lo general, se nos figura una expresión de lujo. [...] Nos asombra que Tito Yupanqui, que de seguro tenía apenas un modesto rancho y pobres ropas para cubrirse, en esa playa de humildes pescadores que era Copacabana, diera, como dice Calancha, en ‘querer hacer un bulto a su amada señora’”.[13] En opinión de Guillermo Francovich: “El arte es honda necesidad humana. Sus valores brotan dondequiera que se busque un goce desinteresado y puro. Por eso no hay pueblo, por muy atrasado que sea, que no lo cultive de algún modo”.[14] La voluntad critica, disidente, del ensayo Francovich la logra, dignificando constantemente la historia indígena, en oposición a la crónica de Fray Antonio de la Calancha: “Los indios no carecían de arte. Por el contrario, tuvieron una variada actividad estética. Basta recordar sus templos, sus ceremonias, sus danzas y canciones, sus trajes suntuosos, para convencerse de ello.”[15]
     Sin duda, se trata de un ensayo literario, escrito en prosa, en el que se exponen ideas imbuidas del yo autoral, en ese sentido, Guillermo Francovich, sostiene que existían elementos autóctonos para estimular el entusiasmo de Tito Yupanqui por el arte, este argumento se fortalece con una imagen[16] del paisaje andino, sugerida de manera simbólica: “Podemos imaginar fácilmente al pequeña Tito Yupanqui, de ojos oscuros y rasgados, bajo el cielo andino profundamente azul, con la mirada perdida sobre las aguas del Titicaca, soñando con creaciones cuyas formas surgían confusamente en su espíritu […] Tal vez en sus viajes por los caminos del Altiplano sus miradas se posaron en las ruinas misteriosas del Tiahuanacu.”[17]
     En su obra, Francovich apeló a la importancia del paisaje boliviano, desde una perspectiva spengleriana: “la tierra, el paisaje, lo telúrico, tiene una especie de espíritu y actúan sobre el hombre creando formas de vida individuales y sociales, dando nacimiento a tipos culturales con fisonomía tan propia como los ambientes culturales que los han producido”.[18] Por lo demás, en este apartado, Francovich abunda sobre los detalles de la voluntad artística de Yupanqui, plasmados en su escultura de la virgen de Copacabana: “la piel trigueña y ojos almendrados, rasgos que tenían las mujeres que él conocía”[19]. Aquí lo más importante es que Francovich, se hace parte de los ensayistas hispanoamericanos de la primera mitad del siglo XX, que hablaron sobre el progreso espiritual y moral de sus culturas nacionales, además, intenta resolver una problemática categóricamente hispanoamericana: la unión de lo indígena con lo europeo, y aquí aparece, uno de los rasgos característicos del pensamiento filosófico de Francovich: la suma de los aportes clásicos y del cristianismo, con los de los pueblos indígenas bolivianos. “Lo que aporta Francovich es una recuperación depurada de ideas provenientes del telurismo y del indigenismo, que intentan la afirmación nacional del indio, y otorga a esas ideas categoría universitaria.”[20] Por ello considera, a Tito Yupanqui como el precursor del arte nacional: “Tito Yupanqui tiene que ser considerado el precursor si no el creador del arte nacional. Nacido en esta tierra, habiendo formado su personalidad artística en las ciudades altiplánicas llego a producir una obra en que el modelo europeo encarnaba el espíritu indio.”  [21]
     El segundo apartado está dedicado al tema de la inspiración artística. Como ya vimos, el ensayo está construido entre fragmentos de la crónica del siglo XVII, y la opinión personal de Francovich, anclada en el contexto histórico contemporáneo, particularmente, en diálogo con la literatura boliviana de la primera mitad del siglo XX, sobre este movimiento, pues, se expone la evolución artística de Tito Yupanqui:
Este combate entre la inspiración y la creación […] es impresionante en la vida de Tito Yupanqui. Calancha cuenta que el artista modeló primero “un tosco, feo y desperfeccionado bulto”. […] Humillado, el indio dejó su aldea y se trasladó a Potosí, que era entonces la ciudad que por su riqueza y por su crecida población, atraía a todos los artistas que venían a la América del Sur. Allí el indio visitó iglesias, altares y conventos. […] Parece que fue en Potosí donde tuvo Tito Yupanqui la definitiva consciencia de su vocación.[22]        

     En el tercer apartado, el más breve, Francovich ridiculiza un poco, la fe de Fray Antonio de la Calancha, sobre la intervención de Dios, en la realización de la escultura, en cambio, Francovich le da un tratamiento moderno al mismo hecho, y reitera su simpatía con el aprendiz indígena, al decir de Francovich: “artista apasionado y lleno de talento, modelo admirable de los hombres de su laya. En realidad la virgen de Copacabana, como obra de arte, no es más prodigiosa que cualquier obra de arte. Se produjo con ella el milagro de toda creación artística”. Como se ve, el tratamiento de Tito Yupanqui, por parte de Guillermo Francovich, abandona el rigor analítico, por cierta convicción acrítica, lo cual es específico del género ensayo.
     Llegamos al cuarto y último apartado, en el que Francovich aborda un debate que pertenece a los historiadores y críticos del arte: “el discutido tema de si el arte tiene una misión aparte de la belleza”.[23] En este caso se trata de interpretar a Tito Yupanqui como un devoto subordinado a la religión, o como un esteta obstinado, bajo este dilema, Francovich sugiere didácticamente una concepción personal del arte y los artistas:
El arte esta, como toda autentica actividad del espíritu, plantado en la realidad. El artista vive la realidad áspera y rigurosa de su época y sobre esa realidad edifica otra más pura […] El artista al tomar un tema religioso en los tiempos de fe o un tema político en las épocas de renovación social, no lo hace porque el arte sea “sirviente” de una u otra forma de la existencia humana. […] la esencia de su temperamento está en que esos problemas no se colocan para él en el primer plano sino que más bien se subordinan a sus ideales estéticos […] Así Tito Yupanqui que hizo la imagen de la virgen de Copacabana a mediados del siglo XVI, tal vez haría hoy la de un indio trabajador y en sus ojos pondría una expresión de angustia, Pero en ningún momento estaría dispuesto a dejar, por amor a la religión o a la política, su grande pasión por la belleza eterna y luminosa.[24]       

     En conjunto, el texto es un espacio de análisis y discusión, otro rasgo característico del ensayo, me parece que es un ejercicio meticuloso, porque se basa en la lectura de una crónica del siglo XVII, pero también, este recurso serio, erudito, fortalece el impulso persuasivo del ensayista. Como ya vimos, intelectuales contemporáneos a Francovich, después de la Guerra del Chaco, sustentaron la idea del mestizaje, muchas veces a través del estudio del período colonial y de las crónicas de los misioneros religiosos, evidentemente, después de una catástrofe político-social, surgió la necesidad de preguntarle a la historia: ¿qué pasó en el pasado?, en ese sentido, creo que el ensayo está dirigido al ámbito de la “ciudad letrada”, es decir, a intelectuales, historiadores, universitarios en general. Los paradigmas del ensayo son, uno histórico, Tito Yupanqui, en representación de los pueblos indígenas, que Francovich esboza  apoyado de la filosofía de los valores: “indio ardiente y apasionado”, ejemplo de “lo que el arte significa en la vida de los hombre, de lo que representa el esfuerzo, la voluntad creadora frente a las resistencias exteriores”.[25] También aparece una imagen abstracta, el paisaje andino, retratado de manera simbólica: el lago Titicaca, los caminos del Altiplano, las ruinas del Tiahuanacu. La vos de Fray Antonio de la Calancha, se subordina al “yo ensayístico”. 

Conclusión
A lo largo de esta pequeña investigación pretendí mostrar el contexto boliviano de la primera mitad del siglo XX, revisando los hechos económicos, políticos y  sociales, que influyeron claramente en el pensamiento y la literatura del periodo. Partiendo de las consecuencias de la crisis mundial de 1929, que Bolivia enfrentó con una guerra: la Guerra del Chaco, observamos los elementos de ruptura social y política con el sistema oligárquico tradicional, que evidenciaron la debilidad del Estado, y potenciaron el pensamiento boliviano, que giro entorno a la indagación de la identidad nacional. Sobre la base de este recorrido, propuse una lectura de un ensayo de Guillermo Francovich, intitulado “Tito Yupanqui, escultor indio”, mis herramientas teóricas fueron, principalmente, Alberto Paredes, John Skirius y Medardo Vitier. Resumidamente, el texto pertenece al género de ensayo literario, porque se lee de una sola sentada, posee un tono didáctico en la exposición de su punto de vista, que en este caso se dirige, a través de la figura de Tito Yupanqui, al valor de los pueblos indígenas para la cultura nacional, recurriendo implícitamente a la idea de mestizaje, Francovich opina que Yupanqui es el creador del arte nacional, también examina los conceptos de arte y artistas de manera flexible, sin alguna metodología, más bien recurre a puentes básicos entre imágenes y conceptos, como entre el paisaje andino y la expresión estética. La base de su reflexión es una crónica del siglo XVII, un recurso erudito que sugiere una opinión meticulosa. Igualmente el ensayo es un ejemplo típico de sus análogos hispanoamericanos, al referirse a la cultura nacional y la unión entre lo indígena y lo europeo. Vale decir que el ensayo se dirige al ámbito académico.

Bibliografía:
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 -Gallego, Ferran, “La posguerra del Chaco en Bolivia 1935-1939 Crisis del Estado liberal y experiencias de reformismo militar”,  en www.raco.cat/index.php/BoletinAmericanista/article/view/98458/146083,
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- Melgar Bao, Ricardo, “El Universo simbólico de una revista cominternista: Diego Rivera y El Libertador” en: El Libertador Órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas, Edición facsimilar digital, UNAM / FFyL / CELA / CONACULTA · INAH /
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-Página web: http://www.ensayistas.org/. Consultada el 15 de octubre de 2009.
-Paredes, Alberto, “Pequeño ensayo sobre el ensayo” en El estilo es la idea Ensayo literario hispanoamericano del siglo XX Antología crítica, México, Siglo XXI, 2008.
-Piñero, Iníguez Carlos, “Guillermo Francovich: desde la filosofía y los mitos de Bolivia, un humanismo cultural americano” en Desde el corazón de América El pensamiento boliviano en el siglo XX, La Paz, Plural editores, 2004.
-Skirius, John, “Este centauro de los géneros” en El ensayo hispanoamericano del siglo XX, México, FCE, Tierra Firme, 2004.
-Vitier, Medardo, “El ensayo como género” en Del ensayo americano, México, FCE, 1945, en: http://www.ensayistas.org/. Consultada el 15 de octubre de 2009.





[1] Klein Herbert, Orígenes de la revolución nacional boliviana…, Pág. 118.  
[2] Véase: Luis Antezana, “Sistemas y procesos ideológicos en Bolivia (1935-1979)”, Pág. 37.
[3] Ricardo Melgar Bao, “El universo simbólico de una revista cominternista: Diego Rivera y El Libertador”.
[4] Ferran Gallego, “La posguerra del Chaco en Bolivia 1935-1939 Crisis del Estado liberal y experiencias de reformismo militar”,  en www.raco.cat/index.php/BoletinAmericanista/article/view/98458/146083, consultada el 2, marzo, 2010.
[5] Silvia Rivera Cusicanqui, Oprimidos pero no vencidos Luchas del campesinado aymara y quechua de Bolivia 1900- 1980, Naciones Unidas, Ginebra, 1986, Pág. 45.
[6] Ibíd., Pág. 51.
[7] Alberto Paredes, “Pequeño ensayo sobre el ensayo”, pág. 20.
[8] Medardo Vitier, “El ensayo como género”, en Del ensayo americano, en http://www.ensayistas.org/, consultada el 15, de octubre, de 2009.
[9] José Luis Gómez Martínez, “Guillermo Francovich El hombre y su obra”, en http//www.ensayistas,org/, consultada el 20, de octubre, de 2009. 
[10] John Skirius, Ob. Cit., Pág. 35.
[11] Guillermo Francovich, “Tito Yupanqui, escultor indio”, en: http//www.ensayistas,org/, consultada el 15, de octubre, de 2009. 
[12] Carlos Piñeiro, Ob. Cit., Pág. 305.
[13] Guillermo Francovich, Ob. Cit.
[14] Ídem.
[15] Ídem.
[16] Recordemos que John Skirius, plantea que el ensayo es un texto flexible, que supone, un puente entre imágenes y conceptos.   
[17] Guillermo Francovich, Ob. Cit.  
[18] Carlos Piñeiro, Ob. Cit. Pág. 295.
[19] Guillermo Francovich, Ob. Cit.
[20] Carlos Piñeiro, Ob. Cit., Pág. 305.
[21] Guillermo Francovich, Ob. Cit.
[22] Ídem.
[23] Ídem.   
[24] Ídem.
[25] Ídem.