lunes, 11 de febrero de 2013


Terán Aquino Arely
CELA
Semestre 9
Correo electrónico: areiteran@hotmail.com
                 
La migración como exilio forzado: Análisis de la migración y la identidad en la novela Cóbraselo Caro de Élmer Mendoza.
           

Resumen
Este texto se plantea como una reflexión entorno a las relaciones culturales y a los conflictos que surgen alrededor de éstas como parte de su interacción. Se centra, particularmente, en el tema de la migración y los conflictos de identidad que surgen entre los inmigrados. Se señala que los inmigrados, lejos de sufrir una pérdida de los referentes simbólicos que dan forma a su identidad, atraviesan por un proceso de replanteamiento, en donde memoria y  nostalgia juegan un papel fundamental al funcionar como reaperturas con el ayer y, en esa medida, establecerse como puentes entre el pasado y el presente, entre lo que se fue y lo que se es. Se pretende explorar esta cuestión desde la visión que plasma Élmer Mendoza en su novela Cóbraselo Caro con la intención de utilizar  la literatura como documento histórico, es decir, de manera tal que de cuenta de la cuestión migratoria en un contexto más actual.



“¿Y qué otra cosa es migrar sino pagar un
derecho de piso por un suelo al
que no se termina por llegar?”

Tradicionalmente, la capital era uno de los lugares que registraba mayor afluencia de inmigrantes en nuestro país. No obstante, sólo en años recientes el ritmo de la migración interna se ha visto rebasada por la migración internacional,  consecuencia principal de la agudización de las problemáticas socioeconómicas y del movimiento de las rutas que prometen el ingreso a un futuro más próspero. En relación con América Latina, y desde una perspectiva más global, recientes estudios demográficos demuestran, por ejemplo, que el volumen del flujo migratorio hacia los países industrializados ha ido creciendo y se ha convertido, en los últimos treinta años, en una de las regiones que exporta  más población. Esta situación ha generado, de manera abrupta, importantes transformaciones en el ámbito cultural al participar de forma determinante en la conformación de nuevos espacios de encuentro, asimilación, ruptura, choques y distancias culturales. Y es que la presencia de inmigrantes en los países más industrializados, especialmente en Estados Unidos, nos habla, a menudo, no sólo de un clima de incertidumbre para el país receptor, en el que el fenómeno migratorio se percibe amenazante y peligroso, asociado en algunos casos a la temática de la seguridad, sino que representa un clima de incertidumbre para el mismo desplazado quien experimenta, entre lo perdido, lo nuevo y lo desconocido, un difícil proceso de replanteamiento de su identidad.
No es de sorprenderse, pues, que el fenómeno migratorio se haya vuelto uno de los temas más analizados en el campo de las ciencias sociales y uno de los más recurrentes en la narrativa latinoamericana, tanto por sus implicaciones económicas y  políticas— muestra de las enormes asimetrías e inequidades en el orden internacional—, como por sus repercusiones ligadas a la identidad, vínculo social evidentemente más trastocado por la migración.
Teniendo, entonces, que la migración constituye, incuestionablemente, uno de los agentes más importantes en los procesos de transformación cultural-económico-político actualmente, he decidido dedicar las siguientes páginas al tema. Mi interés se centra, particularmente, en el ámbito cultural, en donde la migración, entendida como un desplazamiento geográfico, a menudo forzado, pone a prueba la capacidad de los

individuos inmigrados para seguir asumiéndose y proyectándose de la misma manera que en su lugar de origen. 
El análisis que pretendo realizar se efectuará por medio de la literatura, desde la perspectiva que plasma el autor sinaloense Élmer Mendoza sobre la migración, en su libro Cóbraselo Caro. Así, lo que propongo es partir de la novela para, en función de ello, reflexionar sobre la emigración como una forma de exilio forzado y sus repercusiones en la identidad de los inmigrados.
Con esta exposición, me parece, podré desarrollar una discusión que me permita dimensionar la cuestión migratoria en el plano cultural y, al mismo tiempo, reflexionar sobre la función social de la literatura, pues como el objetivo no es descifrar cómo se transforma algo mesurable y observable, sino un universo simbólico que ocurre sólo en la conciencia de los actores sociales, las fuentes tradicionales apenas y sirven porque no hay documentos que nos digan el cómo y el por qué de estas transformaciones en las percepciones de la realidad, sino “vestigios” presentes en las diferentes formas de expresión, del que la literatura, sin duda, forma parte:
La función cabal de la novelística consiste en violar constantemente el principio ingenuo de ser relato destinado a ‘causar placer estético a los lectores’, para hacerse un instrumento de indagación, un modo de conocimiento de hombres y épocas— modo de conocimiento que rebasa, en muchos casos, las intenciones del autor (…). La novela debe llegar más allá de la narración, del relato, vale decir: de la novela misma, en todo tiempo, en toda época, abarcando aquello que Jean Paul Sartre llama ‘los contextos’.[1]

Propongo, entonces, más allá de la simple labor sintética de la obra de Mendoza, tomarla como pretexto para la reflexión. Lo que busco es partir de la afirmación de que la migración internacional es, en muchos casos, una forma de exilio forzado, que tiene efectos muy singulares en la identidad del inmigrado y que justo estos efectos son plasmados de manera implícita en la novela como producto del contexto en el que se escribe Cóbraselo Caro.

      

Nación y territorio: De la representación al apego afectivo.

La nación es el más hollado y a la vez más impenetrable de los territorios de la sociedad moderna—sentenció, a mediados de los ochentas, Roger Bartra en su libro La jaula de la Melancolía—. Todos sabemos que esas líneas negras en los mapas políticos son como cicatrices de innumerables guerras, saqueos y conquistas; pero también sospechamos que, además de la violencia estatal fundadora de las naciones, hay antiguas y extrañas fuerzas de índole cultural y psíquica que dibujan las fronteras que nos separan de los extraños.[2] Y es que la explicación es muy simple: las fronteras, a menudo entendidas como líneas de separación y de contacto entre dos o más naciones, lejos de agotarse en su concepción geográfica-político-administrativa, contienen una fuerte carga simbólica, ya que son indisociables a la idea misma de nación. Porque la nación, tal como ha señalado Benedict Anderson, no es más que un dibujo en el horizonte mental; una suerte de “comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana”[3]; un artificio intencionado y sostenido de recuerdos fraguados por un pasado que se dice común y que hace de esa comunidad una colectividad singular. De ahí que la nación, desde su origen a finales del siglo xviii se ha convertido, por lo menos en el discurso, en el espacio interior —de la seguridad y el cobijo— que separa y protege del espacio exterior —del peligro y el sobresalto—.
Por tanto, se entiende que, son los símbolos  asociados a la representación de nación los que se proyectan sobre el territorio, que de este modo queda sacralizado como un umbral impenetrable e inviolable a través de sus fronteras, salvo previo sometimiento (controles rígidos de tránsito, por ejemplo.). Y es precisamente aquí donde se revela con gran nitidez el carácter dual de todo territorio: por un lado, como espacio donde se vierten las abstracciones culturales y hacen de él “un espacio apropiado subjetivamente como objeto de representación”[4] y, por otro lado; como un símbolo de pertenencia que implica cierto apego afectivo.
Tenemos, entonces, que la nación, a través del territorio y sus fronteras, dibuja una barrera imaginaria entre un “nosotros” y los “otros”, en el que grupos dotados de
determinada identidad, de cierto bagaje simbólico —una historia común, tradiciones, costumbres, etc.— se reconocen y enfrentan unidos posibles proyectos adversos.

Los territorios traspasados: De migraciones e identidades replanteadas.

Cuando se habla de migración a menudo suele afirmarse que se trata de un fenómeno inherente a la especie humana, y a muchas otras especies, que nace del instinto de conservación: “Migramos. Las causas han variado a lo largo de la historia pero no demasiado: lo hacemos para sobrevivir.”[5] Y sí, efectivamente, los flujos migratorios obedecen siempre a una evaluación comparativa entre los recursos que les proporciona el entorno donde se vive y un entorno diferente que brinde mejores condiciones que las que se tienen. No obstante,  el volumen de las migraciones internacionales contemporáneas encuentra sus principales motivos en el orden económico –lo cual no deja de tener connotaciones políticas como en el caso del exilio, ya que las situaciones económicas de los países están íntimamente vinculadas con las políticas económicas implementadas por sus respectivos gobiernos– que obliga a la población a salir de su lugar de origen para asegurar su supervivencia. Por tanto, en un sentido muy general se podría afirmar que, la mayoría de los migrantes en la actualidad no conservan la facultad de decidir respecto a si se van o no, sino que las condiciones de desigualdad económica en las que viven los fuerzan a buscar los medios para sobrevivir y abandonar ese espacio “nosotrico” que suponía debía brindar cobijo y protección.
Desde el punto de vista social, entonces, los migrantes actúan, por un lado, como agentes de cambio, tanto dentro del país receptor, como para el país que abandonan, en la medida en que modifica sus respectivas estructuras socioeconómicas, por ejemplo. Y, por otro lado, los mismos inmigrados son objeto de esos cambios, en tanto que experimentan, además de una transformación brusca de sus referentes sociales a consecuencia del alejamiento brusco con su entorno  –esto es; roles, pautas de comportamiento, costumbres, hábitos etc. – un cambio en el relato construido acerca de sí, porque los inmigrados, en un contexto distinto que adquiere nuevos significados relacionales, a menudo vistos como amenaza o simple mano de obra barata, no tienen claro qué esperan los otros, al tiempo que los demás desconocen quienes son.
Así pues, partiendo de que la identidad es un proceso –no un estado ni una esencia– de elaboración subjetiva que permite que cada individuo construya una versión de sí a partir de la relación con los otros, la salida abrupta y el ingreso a contextos distintos y ajenos provoca en los inmigrados una serie de transformaciones en su identidad, casi siempre visibles por actitudes como la nostalgia, las acentuaciones en sus diferencias culturales, la imitación como forma de adaptación, etc:

El primer reflejo no es pregonar la diferencia, sino pasar inadvertido. El sueño secreto de los migrantes es que se les tome por hijos del país. Su tentación final es imitar a sus anfitriones, cosa que algunos consiguen. Pero la mayoría no. Al no tener el acento correcto, ni el tono adecuado en la piel, ni el nombre y apellido ni los papeles que necesitarían, su estratagema queda pronto al descubierto. Muchos saben que no merece la pena si quiera intentarlo, y se muestran, por orgullo, como bravata, más distintos de lo que son. Hay incluso quienes –¿hace falta recordarlo?– van aún más lejos, y su frustración desemboca en una contestación brutal. [6]

Contrario a lo que se pudiera pensar por tanto, debo decir y subrayar que aunque el inmigrado rompe, por lo menos temporalmente, con su espacio de inscripción cultural, ello no significa que pierde el relato del “nosotros” históricamente construido, porque aunque alejado de esa construcción, en la mayoría de los casos sigue sintiéndose unido, acaso espiritualmente, a la comunidad de la que tuvo que separarse:

La desterritorialización física no implica automáticamente la desterritorialización en términos simbólicos y subjetivos. Se puede abandonar físicamente un territorio sin perder la referencia simbólica y subjetiva al mismo a través de la comunicación a distancia, la memoria, el recuerdo y la nostalgia. Cuando se emigra a tierras lejanas, frecuentemente la patria se lleva dentro.[7] 

De ahí que la nación también sea, tal como lo afirmó Renan, una suerte de voluntad: “Un principio espiritual constituido por un pasado y un presente. La una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa”[8]
El exilio, por tanto, lejos de indicar una pérdida de los referentes simbólicos que históricamente los formaron como individuos, los  replantea y, en muchos, los reafirma:

No se observa ningún indicio de desterritorialización o desarraigo cultural entre los migrantes actualmente ausentes de su comunidad ni entre los ex migrantes retornados. Lo que se observa son más bien reterritorializaciones de la cultura de origen o nuevas formas de relación con el espacio. [9]


La migración desde la perspectiva de Élmer Mendoza en Cóbraselo Caro.


“No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro.
 Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio…
El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.”


Si bien no muy extensa, la obra de Élmer Mendoza resulta particularmente interesante, primero porque toda su novela gira alrededor de la obra maestra de Juan Rulfo: Pedro Páramo, y por otro lado, porque es a través de ésta que el autor entreteje una serie de situaciones que incitan a reflexionar al lector sobre problemas por demás vigentes.  Culturas transplantadas, comunidades de mexicanos en Estados Unidos, mito literario y migración; son sólo algunos de los temas que Élmer Mendoza, logradamente, hila alrededor del viaje de Nick Pureco, personaje protagonista de su obra, quien después de una revelación espectral y tras leer la novela de Rulfo, se da a la tarea de buscar las piedras en las que quedó convertido Pedro Páramo.
La narración, claramente escrita en una atmósfera “rulfiana”, comienza cuando Nicolás Pureco, aquejado por la gradual pérdida de sus recuerdos, es visitado por sus padres muertos que le piden regrese a México, su lugar de origen. Así, tras el encuentro espectral que sostiene con sus padres y la lectura de la novela de Pedro Páramo, la cual descubre por casualidad cuando sus padres mueren, Nicolás emprende un viaje, acaso Quijotesco, sumergiéndose en una confusión entre la realidad y la ficción literaria que toma como punto de partida el final de Pedro Páramo: “Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.”[10]
La búsqueda de esas piedras, para reconstruir el cuerpo de Pedro Páramo y sus pocos recuerdos familiares, lo llevan, entonces, a deambular de forma desesperada por Michoacán, Jalisco, Colima y Nayarit, entidades en las que se percibe un ambiente fantasmagórico, lleno de sombras, justo como el que Juan Preciado encuentra en su viaje por Comala.
Es así como en un ambiente casi surrealista, Nick se interna en una regresión a sus raíces, a lado de Lily, su esposa, quien se la pasa escribiéndole a un tal Marsalis –personaje del que se desconoce todo pero que se advierte es íntimo amigo de Lily– sobre los desvaríos y la falta de apetito sexual de su marido.
Claramente elíptica, la novela se desarrolla apelando al lector cómplice pues, muy al estilo de Rulfo, Mendoza teje una historia que no transcurre en un tiempo continuo, porque lo que aparecen son más bien escenas a medias, pláticas en las que no se sabe quién habla, ni de dónde salen, en cuyo caso el lector tiene que ir armando la trama como un rompecabezas. A la ambigüedad fantasmal, se le suma, además, la falta de memoria de Nick, que es otro elemento que contribuye a que el mundo que nos ofrece Mendoza sea impreciso y misterioso. Descubrirlo es tarea del lector, que sólo lo puede lograr por medio de la relectura, uniendo las escenas en donde los muertos se confunden con los vivos y el pasado y el presente se funden:
Fue tras él (tras el monje) pero un inesperado ventarrón lo cegó, ¿Se le ofrece algo?, una mujer hermosa, con un vestido oscuro que le cubría desde el cuello hasta el tobillo, lo miraba profundamente. Ah, hola, ¿cómo se llama el monje?, cara recia, pelo largo igualmente cubierto. En este pueblo no hay monjes, señor, creemos que cuando mi marido termine el templo vendrán algunos, pero de momento no podemos contar con esa bendición. Pero aquí atrás hay un convento, ave María purísima ¿de dónde saca eso buen hombre? La de atrás es mi casa, Pureco sintió perder un instante, la mujer, o una mujer parecida, cara recia, pelo largo, pero ajuarada con un vestido a la rodilla y cuello V, le entregó la botella ¿Algo más?, Pureco no pudo recordar donde vivieron sus padres en Vandalia. Otra botella por favor.[11]

Así, el mundo en el que se interna el protagonista es un mundo fantasmal y ambiguo, en el que esa ambigüedad no sólo se da en el sentido físico y concreto, sino también en lo temporal porque en casi en toda la novela parece incierto, confuso; no hay  fechas, ni personajes fijos o reales, el mundo rulfiano al que se enfrenta Pureco en su viaje es un mundo habitado por murmullos y fantasmas que se hacen polvo o simplemente desaparecen; se trata de seres que pasan como sombras por el mundo donde tiempo y vida se han detenido y del que Pureco, finalmente pasa a formar parte:
Ahora bien, lo interesante en toda escritura elíptica, elemento que no es de ningún modo gratuito en la novela, es poder descubrir su función y su objetivo, que muchas veces tienen que ver con la elaboración de la intriga y la exigencia de un lector activo, capaz de descifrar las omisiones del autor. En este caso, por ejemplo, las escenas cortadas, los diálogos anónimos,  el tiempo incierto, van revelando poco a poco que las personas con las que Nick se encuentra en su viaje por Guadalajara están muertas, por que en un principio se duda, Mendoza juega con los personajes a tal punto que se llega a creer, incluso, que todo es producto de la demencia de Pureco. Y los recursos que el autor utiliza, este complejo entramado de voces perdidas, lugares dudosos que giran entorno a Pedro Páramo, detalles como la esposa gringa que ve con exotismo a su marido, Armando el cocinero que es oriundo de Sinaloa y se apasiona cocinando platillos mexicanos, y hasta el mismo apodo de Pureco: “Nahual”, justo tienen que ver con los temas que subyacen en la narración y que aquí más interesan: el de la migración y la identidad.
Empecemos, entonces, por decir que el eje de la obra de Mendoza,  la novela de Juan Rulfo es ya un icono nacional, el personaje de Pedro Páramo parece haber trascendido lo fantástico, a tal punto de colocarse como una auténtica imagen nacional, y más aún, de cobrar vida propia; de situarse ya como un mito mexicano. Si partimos, pues, de lo anterior, para Élmer Mendoza el mito literario cumple una función simbólica en su obra, porque el mito, al ser una forma alegórica y mágica de concebir al mundo, permite, a quien cree en él,  dar una explicación de su origen y, por lo tanto, permite dar sentido último a su existencia. En este sentido,  Nick Pureco, quien emprende su viaje tomando como realidad un mito literario, pretende encontrarse y comprenderse. La obsesión del protagonista por encontrar los restos de Pedro Páramo aparece como algo simbólico, pues sucede que la inquietud de Nick se desprende de la visión de sus padres muertos que lo incitan a regresar a su lugar de origen que coincide, precisamente, con una pérdida progresiva de su memoria. Pareciera entonces, que de lo que se trata es de una crisis de identidad del protagonista, la cual lo conduce a emprender un viaje a México en busca de sus raíces y la recuperación de la memoria perdida:

Que fuerte es la herencia de nuestros padres, ¿verdad? Que forma tan luminosa de recordar, de resistirse a perder su cultura, su lenguaje. Aunque no sepa explicarlo, hay momentos en que me siento hermanado con todos esos morenos que andan por ahí trabajando o buscando ocupación, Algunos llegan al extremo, ¿recuerda los boinas café? Ahí murió mi mejor amigo, sus padres eran zacatecanos, olía a desodorante ambiental, Son muy fuertes las ataduras, ¿es algo de eso que lo incita a reunir las piedras de que me cuenta?, Es posible (…).[12]

Para Mendoza, pues, la migración hace funcionar un tipo de resistencia cultural, en la medida en que la utilización de símbolos, imágenes y recuperaciones históricas ponderan  la identidad frente a lo extranjero y que, precisamente, nos habla de lo que señalaba en líneas anteriores, este lazo o vínculo simbólico que no se pierde con el exilio.
En el caso de Nick, por ejemplo, que no es propiamente un inmigrado, pero sí un hijo de inmigrantes, esto se hace evidente con sus negocios de comida seudomexicana y con la inexplicable sensación de conocer lo que hay detrás de la visita de sus padres muertos y el libro que, sin saber leer, sus padres contaban y guardaban en su habitación, y que lo lleva, de cierto modo, a escarbar en su origen. Visto así, lo que se produce es un cierto apego afectivo (aunque no de forma directa, sino sólo indirectamente por sus padres) que no se hace explícito en la novela, sino que se refleja con detalles.
Así, ciertas frases y elementos utilizados por el autor hacen las veces de la nostalgia en los inmigrados: “Ya me dijo tu vieja que no quieres salir de México, ¿y ese amor tú?, ¿crees que es juego esa madre? De dónde esa nostalgia si ni naciste allá, ¿No puedo ir a la tierra de mis padres, reconocer mis raíces?”[13] Un ejemplo concreto es la pérdida de memoria de Nick, que muestra constantemente un dejo de añoranza, un pesar referido al ayer: “Ah, ya no puedo don Tiburcio, he olvidado la mitad de mi vida, la mitad de las cosas que viví; es atroz, estoy a punto de ser otro, no sé, tal vez ser el que siempre fui”[14]

Conclusiones

“Volver a un patria lejana,
volver a una patria olvidada,
oscuramente deformada
por el destierro en esta tierra”


Como vimos, la migración al ser una forma de exilio forzado, una salida del entorno que ha constituido la personalidad de los individuos, representa siempre un replanteamiento en la identidad, porque, si bien el inmigrado  no rompe con el lazo simbólico cuando se aleja de su colectividad de origen (siendo la memoria y la nostalgia el principal instrumento para la consolidación del vínculo) , sí experimenta un reacomodo en la forma de percibirse y proyectarse en tanto que su mismo bagaje cultural lo conduce a un estado de alerta frente a lo distinto. Vimos con Maalouf, por ejemplo, que la condición de inmigrado pone al descubierto mecanismos de defensa frente a esta relación con lo extraño, que pueden ir desde el simple deseo de pasar inadvertido, hasta el más férreo deseo de acentuar las diferencias culturales, o bien, la más violenta respuesta al rechazo o la indiferencia.
Así pues, ni el despego espacial ni la distancia temporal que supone la migración implican rupturas, por el contrario, las continuas actitudes y sentimientos ambiguos como la melancolía, la imitación o la violencia manifiestan una fuerte carga de abstracciones culturales que se vierten en el territorio (como la identidad nacional, por ejemplo).
En la novela se acaba por confirmar la validez de estas afirmaciones, y es que el autor aunque anónimo, siempre acaba por hacer perceptible su visión de la migración, la cual, justamente, queda planteada como un proceso conflictivo, tanto para el país que los acoge (recordemos, por ejemplo, cuando Severiano Jiménez llama a Pureco para ordenarle que no vuelva a poner un pie en Jalisco, pues ni siquiera es de ese lugar), como para quien se aleja de su país y en un espacio que desconoce experimenta sentimientos nada simples.
Así, Élmer Mendoza, además de regalarnos páginas enteras impregnadas de sentimientos pulsantes –unas veces perturbadores, otras tantas nostálgicos, todos, al fin y al cabo, cumpliendo la función de mantener al lector en el delicioso paroxismo– nos ofrece, al mismo tiempo, una visión muy contemporánea del fenómeno migratorio, pues casi rayando en la denuncia –bastante evidente en el título del libro y cuya frase completa en Pedro Páramo es: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo que es nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio…El olvido en que no en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.”– nos obliga a reflexionar en sus magnitudes actuales:
¿Qué hay detrás del vaciamiento poblacional de un país cuya más rentable exportación son sus propios ciudadanos? ¿Qué de la doble moral en los discursillos que, por un lado, expresan con rabia su indignación por el levantamiento de un muro “antimigrantes”, y por otro, le rehuye a políticas que proporcione empleos formales a su gente? Y no menos importantes son las cuestiones culturales a las que nos conducen estos problemas: ¿Cómo hacer frente a las constantes tensiones a causa de la identidad? ¿Acaso podemos remediar de algún modo la violencia (física y simbólica) que tan constantemente se desprende de los contactos culturales? Preguntas que hoy, evidentemente, son importantes discutir.
Bibliografía



-        Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo,1ª ed. en español, tr. del inglés por Eduardo L. Suárez. México, fce, 1993, Pp.17-25.

-        Bartra, Roger, La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano. México, Grijalbo, 1996,  Pp. 15-35.

-        Carpentier, Alejo, “Papel social del novelista” en: Tientos, diferencias y otros ensayos. Barcelona, España, Plaza y janes, 1987, Pp. 159-170.

-        Giménez Montiel, Gilberto, Territorio y cultura, Conferencia Magistral en la ceremonia de entrega del reconocimiento como Maestro Universitario Distinguido, Universidad de Colima/Centro Universitario de Investigaciones Sociales, Pp. 1-19.

-        Maalouf , Amin, “Mi identidad, mis pertenencias” en : Identidades asesinas, Madrid, Alianza, 1998, p.


-        Mendoza, Élmer, Cóbraselo caro. México, Tusquets, 2005.

-        Renan, Ernest, ¿Qué es una nación?: cartas a Strauss. Madrid, Alianza, 1987, Pp. 59-86

-        Rulfo, Juan, Pedro Páramo; El llano en llamas. México, Planeta, 2002.


Recuso de Internet


“Los desarraigados”, Letras libres (México, D.F), marzo 2007, núm. 66. Revisado el 14 de diciembre de 2009. http://74.125.47.132/search?q=cache:dxaX7-b4oMJ:www.letraslibres.com/%3Fnum%3D66%26rev%3D2+migramos+letras+libres&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=es.












[1] Carpentier, Alejo, “Papel social del novelista” en: Tientos, diferencias y otros ensayos. Barcelona, España, Plaza y janes, 1987, p. 163.
[2] Bartra, Roger, La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano. México, Grijalbo, 1996,  p. 15
[3] Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 23
[4] Giménez Montiel, Gilberto, Territorio y cultura, Conferencia Magistral en la ceremonia de entrega del reconocimiento como Maestro Universitario Distinguido, Universidad de Colima/Centro Universitario de Investigaciones Sociales, p. 7
[5] Tomado de “Los desarraigados”, Letras libres (México, D.F), marzo 2007, núm. 66. Versión digital revisado el 14 de diciembre de 2009. http://74.125.47.132/search?q=cache:dxaX7-Sb4oMJ:www.letraslibres.com/%3Fnum%3D66%26rev%3D2+migramos+letras+libres&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=es.
[6] Maalouf , Amin, “Mi identidad, mis pertenencias” en : Identidades asesinas, Madrid, Alianza, 1998, p. 46
[7] Giménez Montiel, Gilberto, Op. Cit. p. 7
[8] Renan, Ernest, ¿Qué es una nación?: cartas a Strauss. Madrid, Alianza, 1987, p. 82.
[9] Ibídem. p. 12
[10] Rulfo, Juan, Pedro Páramo; El llano en llamas. México, Planeta, 2002, p. 123
[11] Mendoza, Élmer, Cóbraselo caro. México, Tusquets, 2005, p. 22
[12] Ibídem, p. 35
[13] Ibídem, p. 65
[14] Ibídem, p. 56

miércoles, 30 de enero de 2013


“Palacio Nacional. La obra cumbre de Diego Rivera en su visión de identidad sobre la formación de la nación. ”
En el contexto de la Revolución mexicana,  identidad es posiblemente una ficción, excepto  si se hace de la nación, en cuyo caso nos encontramos con que toda la vida política de la modernidad descansa en una ficción de pertenencia. Para que esta ficción de pertenencia sea operativa políticamente, la nación debe construirse antes que en el imaginario colectivo.


Así los Estados modernos del siglo XX tenían que convencer a sus ciudadanos de que no eran hijos de un monarca, sino hermanos de una misma nación. Una nación es una cuestión de imágenes mentales que forman parte de nuestra historia y nuestra cultura,  no de la política, pero que la política misma ocupa como una forma de control y acceso al poder. Para dicho caso la pintura es especialmente útil por el peso que tienen las imágenes para formar parte de una ideología colectiva, controlada desde sus orígenes por el Estado.

La Revolución Mexicana no sólo provocó profundos cambios políticos al derrocar a la dictadura de Porfirio Díaz, sino que también hizo posible la transformación de la sociedad mexicana. Las manifestaciones de este cambio se pueden observar prácticamente en todos los aspectos artísticos.

Una vez terminada la lucha armada fue inmediata la reconstrucción del país. En 1920,  con José Vasconcelos en la Secretaria de Educación Pública, se consideró que la educación era el medio mas adecuado y eficaz para pacificar al pueblo que salía de un periodo de violencia; al ser la mayoría del pueblo analfabeta, Vasconcelos encontró en el arte una serie de cualidades que lo hacen un medio adecuado para educar al pueblo.

El movimiento del muralismo abarcó prácticamente medio siglo, de 1920 a 1970, pues fue la expresión artística y política que puso al arte y a la cultura al servicio de la sociedad y del gobierno revolucionario. Los principales representantes de esta corriente pictórica utilizaron los muros de los diferentes edificios públicos para plasmar los ideales de identidad y nación, en busca de un elemento para unir a la sociedad, de ahí que en los murales se muestra que todos los mexicanos, sin excepción, tenemos un pasado indígena, compartimos una misma historia y cultura como elemento constitutivo de nuestra nación. Pérez Vejo comenta al respecto:
“A todo nacionalismo le resulta difícil aceptar la idea de que a las naciones las construyeron los Estados, y no viceversa… el objetivo historiográfico ha sido la construcción de relatos mítico-poéticos y teológico en la que las Independencias son imaginadas como guerras de liberación nacional.”[1]      

La identidad es un problema colectivo que se da por  la decepción causada por los grandes acontecimientos. De aquí que se den las naciones y los movimientos nacionales, movimientos que están compuestos por muchos estereotipos psicológicos y sociales, héroes, paisajes, panoramas históricos y humores varios. De acuerdo a las diferentes definiciones de nación que se han dado en la historia, Eric Hobsbawm dice:
“Han sido frecuentes los intentos de determinar criterios objetivos de nacionalidad, explicar que ciertos grupos se han convertido en naciones y otros no, basándose en criterios únicos como la lengua o la etnicidad, o en combinación de los criterios como la lengua, el territorio común, la historia común, rasgos culturales o lo que fuera en común”[2]

Diego Rivera desempeñó un papel destacado en ésta época decisiva, que lo convirtió en un artista plástico controvertid que “se sirvió de innumerables pinturas, grabados y dibujos para expresar sus ideas sobre la historia la sociedad la política y la cultura, sus pinturas solían derivar en discursos y sus palabras en imágenes y descripciones de gran plasticidad y eficacia…”.[3]
Dentro de esta nueva visión de la vida mexicana, Rivera colocó al indio como tema primordial y reivindicativo de este. En conclusión se pensaría que los indígenas pasaron a ocupar grandes espacios en las composiciones pues “…el indio ya no es un motivo simplemente decorativo, sino la figura central, fijado en las actitudes del trabajo cotidiano.”[4] Fue  un momento en el que se exaltó el nacionalismo, no en sentido político, sino más bien espiritual y cultural. El uso de la pintura mural indica que la intención del artista es dar a su obra un destino público, que quedara expuesta a la vista de todo el mundo.
Nos ubicaremos justo en los murales de Palacio Nacional, en donde la obra de Rivera es una expresión de la vida del pueblo mexicano, tanto en la historia como en la realidad presente, captando en sus cuadros aquellos momentos esenciales que pueden revelar cómo vive, cómo padece, cómo trabaja, cómo lucha, se divierte y cómo  muere el mexicano. En la estética Diego parte del supuesto que el arte debe ser la expresión de un contenido ideológico, determinado por las condiciones sociales del momento en que vive el artista. Todavía en México, por la agitación revolucionaria, el ambiente era propicio para aceptar las ideas rusas, de las que él era partidario.
Una historia nacional puede contarse de manera lineal, como tradicionalmente se  enseña en la escuela, mediante el paso del mundo indígena prehispánico, la conquista española, la colonia, la Independencia, la Reforma y la Revolución. “La realidad presente y pasada fue concebida por el como una epopeya continua que debía mostrarse dialécticamente, sin dejar de recurrir a símbolos de fácil asimilación.”[5]
Así es como Rivera nos cuenta la historia en el cubo de la escalera de Palacio Nacional, que posee una estructura piramidal que va ascendiendo los peldaños del accidente histórico, para culminar en la cúspide rectora, la cima de la pirámide, el sitio del verdadero poder, que es el de la promesa, la fuerza y la esperanza. Más que un pintor, aquí es un narrador, nos presenta un desarrollo dialectico de etapa en etapa, allí están los protagonistas de la historia, como historia de los grandes hombres, ya no es un retrato feliz sino una lucha entre el bien y el mal.
El artista represento un mundo sobrio, que la burguesía mexicana había decidido considerar como inexistente, a fin de conservar la tranquilidad y el optimismo acerca del progreso del país. Se le reprochaba no haber buscado asuntos más risueños de nuestra realidad. Para muchos era una ofensa a México, pues consideraban que sólo pintaba el lado malo, la vida del pueblo, la del campesino indígena, es decir la parte más atrasada y primitiva del país.
Para Rivera la concepción del arte por el arte es un disfraz, así que era cuestión de poner sus ideas en uso para cambiar el mundo a su alrededor desarrollando un sentido del nosotros en contra del ellos. La nación se convierte en algo deseado desde el principio del proceso hasta antes de una visión que se delinea lentamente.
Rivera nos propone una lectura de su mural de derecha a izquierda, que va muy ligado a su visión política. El muro norte representado como el remoto punto de partida de la nación mexicana, al que él llamo “El México Antiguo” donde nos llena de brillantes colores, y nos ubica en un paisaje que nos remite al valle de México, te interna en una armonía visual, se conjuga el imaginario mítico y la historia desde la perspectiva social, esta dividido en dos ejes, el personaje principal es el legendario Quetzalcóatl, de barba y piel blanca, justo de bajo de un sol invertido, que se interpreta como el presagio de la destrucción del mundo indígena.
Muestra la armonía en el desarrollo de las actividades artísticas, la danza, la escultura, la música, la industria textil y la agricultura. En la parte superior del mural, se aprecia el viaje de partida de Quetzalcóatl. Rivera no nos muestra un momento preciso de la historia pero nos introduce en un momento posclásico, en la víspera de la llegada de los españoles, alude a la civilización mexica y a la idea de que el valle de México era el punto focal de la fundación histórica y cultura de México que integra a las concepciones nacionalistas.                      
“ el mural  tiene dos momentos; uno donde Quetzalcóatl, profeta de una especie de comunismo primitivo y otro donde los hombres se enfrentan en una lucha de clases.”[6]
Imagen tomada de: Tibol Raquel, “Los murales del Palacio Nacional”
Con relación a las actividades que el indígena realiza en el mural, agricultura y artesanía, reduce al indígena como campesino. El pensamiento nacionalista de la época establece una línea entre el arte popular y la raza indígena, de aquí que se concluya que las manufacturas artesanales populares resguardan el alma nacional.
En el muro central el “De la conquista a 1930” marca claramente la configuración de la nación mexicana, en donde pone a prueba nuestra inteligencia, con la multitud de personajes que plasma.
Aquí podemos leer un mural muy complejo, la secuencia cronológica comienza por la franja horizontal mas baja- representa la conquista española- al centro españoles e indígenas en una lucha cuerpo a cuerpo, personajes como Cuauhtémoc (bajo el estandarte del águila que cae), Cuitláhuac (nos mira de frente) y Hernán Cortés.

Si en murales anteriores Rivera había representado a la mujer dando vida, en la parte central de la escalera, represento a la mujer siendo víctima de la violación de un soldado conquistador, que da paso al origen del mestizaje, de igual manera representa a Cortés y a la Malinche abrazando a su hijo.
Imagen tomada de: Tibol Raquel, “Los murales del Palacio Nacional”
 
Soldados disparando un cañón, mostrando su superioridad tecnológica. En el extremo contrario un fraile quemando códices. Pedro de Alvarado sometiendo indígenas con un hierro candente.
En el siguiente nivel horizontal, que se refiere a la época colonial, hace énfasis en la destrucción de la ciudad prehispánica, el enfrentamiento entre conquistadores y la iglesia, la evangelización como labor humanista de los religiosos, una sentencia de la inquisición y a Cortés observando la construcción de la nueva capital colonial.
Cubo de la escalera del Palacio Nacional
 En los arcos se presenta la historia del México independiente. No llevan una secuencia cronológica sucesiva, representa unidades relativamente autónomas, escenas y personajes de la historia de México entre 1821 y 1930. Aparecen las dos invasiones que sufrió México, en el extremo derecho la de Estados Unidos donde se ve claramente el castillo de Chapultepec y un águila que sostiene entre sus garras el símbolo mexica de la guerra ceremonial, del lado izquierdo la invasión francesa, junto con la ejecución de Maximiliano de Habsburgo.
En los arcos del centro se presenta a la derecha, a los héroes liberales y antihéroes conservadores y eclesiásticos de la Reforma.
A la izquierda, un grupo de revolucionarios se enfrentan a porfiristas.
En el arco central, reunidos a los héroes de la independencia, Hidalgo, Morelos, Guerrero, Allende, Josefa entre otros. En estrecha relación con caudillos posrevolucionarios, Calles y Obregón por un lado y por otro los mártires agraristas, Zapata, Carrillo Puerto y José Guadalupe Rodríguez, frente a estos un obrero vestido de overol de trabajo industrial les indica la ruta hacia el muro sur.
Justo al centro del mural un águila de grandes proporciones sostiene en su pico un símbolo mexica, posado sobre un nopal, se ubica sobre una plataforma decorada con un disco solar.
Finalmente entre la franja de la colonia y los arcos, encontramos al pueblo que son los intérpretes y protagonistas del mural. Todo esta parte del  mural nos define muy bien los cánones ideológicos de la época, como el águila, que tiene una significación de gran magnitud, el mestizo como símbolo genuino del mexicano, las cadenas rotas que porta Hidalgo símbolo de la libertad, junto a Morelos un extraño personaje de armadura, con una planta de maíz a sus pies como símbolo de la tierra, con un sable y una mazorca, con el sable indica la misma dirección que Morelos, hacia el mural del futuro.

En el mural del futuro, el muro sur de este gran mural nombrado  “México de hoy y mañana” que a primera vista nos llena de personas, como una masa alterada, estructuras metálicas y consignas socialistas, el mural puede dividirse en tres áreas, en la parte inferior, Rivera representa la opresión en la vida económica y en las creencias del pueblo, campesinos y obreros trabajando; en actitud devota, depositando limosnas ante una imagen de la virgen de Guadalupe, aquí aparece “la maquina de hacer dinero”[7].  Frida y Cristina Kahlo como educadoras socialistas.
En el centro del mural, resguardos mecanizados, ponen distancias entre las masas proletarias. Una tubería que drena las riquezas del pueblo y las descargas entre los políticos. En la cumbre del mural Karl Marx, que sostiene con una mano una leyenda de su manifiesto comunista, y con la otra señalando una nueva sociedad progresista. Pero que tiene muy en alto, a lo que el llamaría la nueva trinidad revolucionaria, soldado, obrero y campesino.
















Bibliografía.
·       Palabras Ilustres 1886-1921. (2007). México: CONACULTA-INBA, Museo Estudio Diego Rivera.
·       Anderson, B. (1997). Comunidades Imaginadas "Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo". México: Fondo de Cultura Economica.
·       Bartra, R. (2004). La jaula de la melancolia, identidad y metamorfosis del mexicano. México: Grijalbo.
·       Hobsbawm, E. (2000). Naciones y Nacionalismos desde 1780. Barcelona: Biblioteca de Bolsillo.
·       Kettenmannn, A. (2005). Rivera. México: OCEANO.
·       Lozano, L. M. (2004). Diego Rivera El Cubismo Memoria y Vanguardia. México: CONACULTA.
·       Moyssén, X. (1986). Diego Rivera Textos de Arte . México: UNAM.
·       Peréz Vejo, T. (2003). "la construcción de las naciones como problema historiográfico: el caso del mundo hispánico". En Historia Mexicana (págs. 275-308). México: El Colegio de México.
·       Ramos, S. (1986). Diego Rivera 1886-1986. México: UNAM.
·       Tibol, R. (1997). Los Murales de Palacio Nacional. México: Américo Arte Editores- INBA.



[1] (Peréz Vejo, 2003, pág. 287)                                                      
[2] (Hobsbawm, 2000, pág. 13)
[3] (Lozano, 2004, pág. 17)
[4] (Ramos, 1986, pág. 10)
[5] (Tibol, 1997, pág. 30)
[6] (Tibol, 1997, pág. 60)
[7] (Tibol, 1997, pág. 77)